
Desde la antigüedad se cree que toda la tierra emana energía desde su centro y se eleva verticalmente en forma de haces hacia el cielo. A lo largo de la historia, se han sucedido las explicaciones sobre este fenómeno.
En la antigüedad esta energía era llamada, venas, ojos o aliento de dragón, lugar sagrado, emanación, línea fría, lugar de poder... Actualmente estos haces -que de hecho se constituyen en auténticas paredes de energía invisible a lo largo de toda la superficie terrestre-, han sido clasificados y estudiados por la ciencia moderna dando lugar a las llamadas energías telúricas y redes geobiológicos terrestres (Hartmann, Curry, ...).
Por otro lado, no es menos cierto que además de este flujo ascendente de energía, también desde antiguo, se ha creído (y modernamente constatado y medido) en el flujo de energía en sentido contrario, esto es, el que desde el cielo llega hasta el centro de la tierra.
Y precisamente esta fina capa de conexión entre cielo y tierra llamada superficie terrestre, el primer punto en que convergen libres ambas emanaciones de energía, es el sutil, delicado y estrechísimo espacio donde se han desarrollado todas las formas vida que conocemos. De la suma de ambas aportaciones (terrestre y celeste) surge la Energía Vital, el eje central de toda forma de vida.
Estos haces de energía ascienden desde el núcleo de la Tierra hasta la superficie y en su camino van ganando en matices a la vez que, en función del área geográfica diversifican su nivel de vibración.
Cuando parten desde el núcleo terrestre hacia la superficie, todos los haces de energía son iguales. Son creados iguales a partir de una única vibración primordial. La vibración de la Madre tierra que los Indios Norteamericanos y otros muchos pueblos identificaron con el sonido MAH -una "a" alargada pronunciada desde el fondo del cuello, muy gutural-.
Mientras los haces de energía se alejan del núcleo hacia la superficie, cruzan los distintos estratos terrestres (núcleo, magma circundante, manto) y enriquecen su vibración gracias a las variaciones que hay en la composición físico-química de las distintas capas: el núcleo férrico, denso; el magma circundante, fluido; el manto, elástico; etc. Cada uno de los estratos aporta su granito de arena en la riqueza de matices que va adquiriendo la energía terrestre.
Por otro lado, cuando estos haces llegan al más externo de los estratos, la corteza, además de la variación físico-química debida al recorrido vertical, se añade la infinita diversidad físico-química que tiene la corteza terrestre en función del área geográfica donde emerge un haz. Los haces de energía que emergen en el mar, por ejemplo, cruzan una última capa de agua salada, los que emergen en el Tíbet deben cruzar una densa capa de roca de varios kilómetros de espesor, los de zonas volcánicas emergen abriéndose paso entre un sinfín de capas semifluidas de viscosidad y temperatura muy variables, etc.
Esta variabilidad físico-química en las características de la corteza terrestre en función del área geográfica (sentido horizontal) será la responsable final de las diferencias en la calidad, potencia, frecuencia de vibración, espectro y composición de los haces de energía que emergen a la superficie terrestre y en consecuencia, y más allá de las simples diferencias climáticas, de la diversidad de entornos energéticos que pueden darse a lo largo y ancho de la superficie de la Madre Tierra.
Y más allá todavía, si examinamos ahora, no un gran territorio -una cordillera, una selva, un desierto, que tiene un carácter energético global propio-, sino pequeñas áreas de superficie terrestre -por ejemplo inferiores a 100m2-, observamos también como a esta escala encontramos importantes variaciones.
La espectacular diversidad que encontramos a nivel de superficie, es debida a que en la última parte de su recorrido -a lo sumo los últimos 500 metros de grosor-, estos haces de energía vertical cruzan por la zona más variable y llena de singularidades. En esta última franja, las variaciones físico-químicas se aprecian en sólo unos metros de distancia ya que contiene casi la totalidad de las fallas, diaclasas, corrientes subterráneas, aguas freáticas, vetas de materiales extraños, túneles, cuevas, presencia volcánica, etc. que, sin lugar a dudas, acaban de modelar las características energéticas de cada uno de los haces que asciende desde el núcleo dando lugar a los infinitos entornos energéticos que nos ofrece la superficie terrestre.
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